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Mª del Mar

Me llamo Mª del Mar, tengo 44 años y soy de La Nucia, un pueblo de Alicante, aunque mi vida como cazadora transcurre en Reolid (Albacete), donde mi marido y yo construimos una casa “La llar del tord” (“El hogar del zorzal”, para las que no entendáis catalán) con la intención de que fuera un lugar donde reunirnos, comer y hablar de caza con otros cazadores, especialmente los apasionados del zorzal. Esto os puede dar idea de lo importante que es la caza para nosotros.

Me inicié en la caza de pequeña, acompañando a mi padre algunas veces a cazar. La verdad es que en estas salidas me dedicaba a pasear, a jugar con la perra, mejor dicho a molestarla, y, claro está, a espantarle la caza a mi padre. La verdad, es que salir con él sólo era una excusa para estar juntos, tranquilos, compartiendo algo que nos gustaba mucho a los dos: la naturaleza. Muchas veces digo que sentada encima de una piedra en medio del campo, soy feliz.



 
Sin embargo, cuando ya mayorcilla, conocí a mi marido, descubrí lo que era sentir verdadera pasión por una afición, la caza. Rafa vive por y para la caza. Me di cuenta de que no podía continuar sentada en una piedra, tenía que actuar, y lo hice. Lo hice por amor, aquello de que si no puedes luchar contra algo, únete, pero, en el fondo, la verdad es que lo hice por mí: sentía la necesidad de demostrarme que era capaz, como mi padre, como mi marido, como muchos otros, de no tener miedo, coger una escopeta y salir al campo. No me equivoqué; ahora sé, que en esta vida, si una no se decide a actuar, se pierde lo mejor. Me saqué el permiso de armas, ¡lo aprobé a la primera! y eso que no entendía nada de la mitad de las preguntas: calibres, categorías –hasta siete-, choke, ánimas de los cañones…? ¡Dios, ánimas, no hay quien coja el formulario de preguntas del examen, es imbebible!, ¿no creéis? Pero lo conseguí, y ese día saqué la escopeta en la cacería de zorzales y, cuando conseguí matar mi primer tordo, me puse a saltar de alegría y mi cuñado y otros cazadores que estaban cerca empezaron a cantarme: torero, torero. ¡Fue especial!

Lo había conseguido, ¡ya era cazadora! Pero como bien sabéis, esta emoción no era porque fuera como ellos, una de ellos. No, no es eso; no tiene nada que ver con igualdades ni historias “psicofilosóficas de actitud sexual”. Se trataba de mí, de lo que importa, de superar mis miedos, mis prejuicios. Siento la caza, mis jornadas de caza, cuando llueve, nieva, hace un sol de justicia, caminas y caminas reventada detrás de las perdices, esperas horas y horas sin moverte y en silencio el jabalí, cuando te ocultas entre las matas para que las palomas no te vean o intentas ganar en velocidad e intuir el quiebro del zorzal, siento la caza como una prueba de superación, siento que aprendo hasta dónde soy capaz de llegar, sé que cada vez soy mejor, mejor persona, mejor mujer. Y eso de decir: “Lo he conseguido”, ¿a que gusta? A mí, sí, me hace sentirme bien.

Parecerá una contradicción “aparente”, pero a mí, la caza me hace sentir la Vida.




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Armeria Pujol



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