Centralcaza. Tu portal de Caza , Tiro y Perros de Caza
 
 
 

Visitantes en este momento: ( 189 )

 
 
Caza y maternidad. La montería

Primera Parte.
Tengo una compañera que dice que lo que marca la diferencia entre hombres y mujeres es la maternidad. Si no hubiera sido madre, hubiera pensado que esta afirmación era una falacia. Sin embargo, como lo soy, afirmo que es cierto, en cierto sentido, es cierto. A parte de las capacidades, aptitudes, dones y habilidades - incluyo y destaco la suerte en la vida- que cada ser humano tiene y que, afortunadamente, nos hacen diferentes a todos, la maternidad establece una gran diferencia entre nosotros, no sólo en relación a los hombres, sino también en relación a aquellas mujeres que no son madres.
Ser madre y ser padre te cambia la vida, los que lo somos, lo sabemos. Pero ser madre, te la cambia más.
Estábamos en una montería, mi marido y yo; cada uno en un puesto, pero, por suerte, bastante cerca el uno del otro. Hacía un viento horrible que no me dejaba oír nada, todas las matas se movían, en cualquier momento me podía salir, a menos de dos metros, un jabalí y yo no podía intuirlo, ni verlo ni oírlo. Me empecé a asustar; saqué del morral una botella de agua y un bocadillo, todavía no habían soltado los perros, así que probé de relajarme un poco comiendo – a mí, me funciona-. Entonces oí un tiro, Rafa había disparado, no me pude contener, dejé el bocadillo en el suelo, cogí el rifle, lo avisé y me fui a su puesto, corriendo; mientras llegaba, oí un segundo tiro:
-¿Lo has rematado?
-No, este es el segundo. - Disparó de nuevo mientras hablaba- Y con este van tres.
Se giró hacia mí y me preguntó qué me pasaba; le dije que me había asustado de repente, que me quedaba con él, que no podía estar sola. Volví corriendo a mi puesto a recoger mis cosas y me encontré el morral por un lado, el bocadillo abierto, tirado, la botella por otro lado: los gorrinos habían pasado por encima de mi puesto. Recogí mis cosas como pude y, temblando como estaba de miedo, me fui con mi marido y me acurruqué a su lado. Todavía mató tres más. Seis en total, y sólo al final me decidí a dispararle a un séptimo gorrino que nos pasó por detrás. Fallé.
Decidimos subir los gorrinos a la senda, total 4 o 5 metros, para que los pudieran localizar y recoger con mayor facilidad. Arrastrar un gorrino, no cuesta tanto, pero al primer intento, me caí de culo, tal cual, lo volví a intentar y me di cuenta de que me había quedado sin fuerzas: no podía moverlo. Tenía 38 años y era una mujer fuerte, desde pequeña he practicado natación y fuerza como para arrastrar un gorrino siempre me había sobrado. Pensé que se debía al miedo que todavía tenía en el cuerpo, porque cerraba los ojos y sólo veía gorrinos y gorrinos subiendo la montaña a pocos metros de mí, los olía, los sentía, su olor me impregnaba las narices; entonces me mareé y vomité.
Está claro: estaba embarazada. Lo supe a los pocos días de la montería. La emoción al saberlo fue muy intensa, alegría, felicidad, miedos, todo eso que se sabe y se dice, pero os juro que inmediatamente me acordé de la montería, no de llamar a mis padres o a mis amigas. Mientras Rafa me cogía la mano, comprendí mi comportamiento y recordé, en ese momento, que seis de los seis gorrinos que había matado eran, en realidad, gorrinas, y que estaban preñadas. Y fui consciente de que yo tampoco habría podido escaparme, como no lo habían hecho ellas.



 

El embarazo y el parto cambiaron mi vida. No os voy a contar nada de estos nueve meses, porque no viene al caso. Miquel nació riéndose y precioso. Todo perfecto y maravilloso, como ocurre casi siempre, afortunadamente; ya los años en que parir era un peligro para la vida de la madre y del bebé han quedado muy atrás. Pero, ¿y la caza?, ¿dónde quedó mi gran afición, -como muchas otras: cine, cenas, conciertos…?
Muy atrás, también. Cinco años atrás. ¡Por ahora, hasta que mi hijo rompa definitivamente “su” cordón umbilical!
Al mes y medio de tener a Miquel, fui a una montería; mis padres se pudieron quedar con él. Estaba emocionada y feliz. Pero pronto la realidad empezó a ponerme en mi sitio. No estaba físicamente preparada. Cargada con el rifle, el morral y la silla, como tantas otras veces, inicié la caminata hasta el puesto. Había una buena cuesta, la montaña estaba empinada y a los pocos metros supe que no podía ascender. Rafa cargó con todas mis cosas, pero, ni aún así, yo podía continuar subiendo. Afortunadamente, un montero joven que tenía el puesto anterior al mío, se hizo cargo de la silla, del morral y del rifle, y mi marido pudo cogerme de la mano y ayudarme a subir; además, se ofreció a cambiarnos el puesto, el suyo no estaba tan arriba y Rafa se quedó conmigo. Cuando, por fin me senté, no pude evitar echarme a llorar, me sentía tan débil, nunca antes nadie me habían tenido que ayudar a subir una montaña.
La impotencia te crea un fuerte sentimiento de frustración. Es inevitable, pero tienes que aceptar lo que hay. La maternidad es maravillosa, pero pagas un precio: el desgaste de tu cuerpo.
Sin embargo, no quiero hablar sólo de lo hecha polvo que te deja tener un hijo. En mi caso, seguro que se debió, además de lo que para todas es un embarazo, a que fui madre con 39 años. Y claro, pesan los kilos, y los años. Pero, algo bueno, muy bueno que advertí por primera vez en esa montería y que me ha dado alguna que otra ventaja en la caza, me ocurrió. Cuando dejé de llorar, lo olí. Olí a gorrino, un olor fuerte que reconocieron inmediatamente mis narices y que se debió de quedar dentro de mí en aquella montería en la que estaba embarazada sin saberlo. Eso de estar tranquilamente sentada, tomar aire y decir: “Ya están ahí.”, está muy bien, pero que muy bien; me da seguridad, y por qué no decirlo, cierta sensación de poder, de poder sobre la bestia, aquello de que el jabalí tendrá mucho olfato, mucho más que yo, pero cuando los vientos son favorables y viene hacia mí, yo ya lo sé, mucho antes de que nadie oiga un chasquido. Sólo conozco una persona que los huela como yo, y es hombre. No sé si a algún otro más le ocurre, porque los cazadores se sonríen burlones cuando les digo que los huelo. Dicen que sí, que huelen; pero en las esperas, cuando estoy con mi marido o con algún otro a quien acompaño y les digo que ya están ahí, se sorprenden. Entonces oyen el ruido y me miran, y yo me sonrío y me toco la nariz.
Este don me trajo la maternidad. Me quitó la fuerza, pero, por ahora, le tengo que agradecer esta ventaja: en las esperas, difícilmente me sorprenderá un jabalí. Un temor menos al que hacerle frente, porque por la noche, hay que estar ahí, aunque vayas acompañada de.


Y otra cosa me dejó: un sentimiento de empatía hacia las gorrinas, especialmente con aquellas que llevan crías pequeñas. Me pasa algo parecido con las ciervas, aunque con estas es mucho más profundo y visceral: no soporto que nadie mate una cierva delante de mí, y mucho menos un cervatillo. Pero esto viene por lo de Bambi, el primer cuento que leí... Seguro que Walt Disney, o el verdadero autor de Bambi, Felix Salten, sabían más de la naturaleza y de cómo protegerla que muchos cazadores. Sensibilizaron el impulso depredador de muchos niños, sabían cómo domesticarnos y alejarnos de la bestia, pero esto es otra historia.

Mª del Mar




 

Volver

Inicio Directorio Mujeres

 




Serracanya



Contactar con nosotras

COLGAR TUS FOTOGRAFIAS
Nombre
Password
 
Si quieres colgar tus fotos de caza contacta con nosotras y te daremos acceso a esta zona restringida. Solo mujeres.





ESPACIO PATROCINADO POR:
El Faisà D'or. Patrocina este espacio dedicado a las Damas







Grupo Centralcaza :
....[ Faisà D'OR ]..............[ JQA ] .........
El Faisà D'OR Productos Andaluces. Descuentos especiales a cazadores.